domingo, 24 de enero de 2010

Jerusalén 1893.



VIII Congreso Eucarístico Internacional
14 al 21 de mayo de 1893.

Tierra Santa: Un inicio difícil

El Congreso celebrado en Jerusalén, impactó al mundo, incluyendo a los no cristianos. Para su realización fue necesario abatir grandes obstáculos. La antigua Sión, enclavada en el corazón de Palestina, en ese tiempo territorio dominado por el Imperio Otomano, es la sede histórica de las religiones monoteístas judía, cristiana y musulmana.
El Papa León XIII deseaba que el lugar donde Jesucristo instituyó el sacramento de la Eucaristía, sirviera de Statio Orbis a fin de promover la unidad de fe y comunión entre las comunidades cristianas divididas y establecer puntos de contacto y afinidad con los grupos religiosos monoteístas. El representante del Santo Padre fue monseñor Langenieux, cardenal arzobispo de Reims, quien fungió como Legado Pontificio.
La mayor resistencia a la celebración del Congreso provino de los cristianos, cuyos representantes ocupan el principal santuario local, el Santo Sepulcro: católicos, nestorianos caldeos, eutiquianos coptos, jacobitas sirios y los armenios monotelitas. Los cristianos que en Oriente se dan el título de Ortodoxos tienen ahí la sede del Patriarcado Griego y gozaban de gran prestigio político y religioso en la región por aquellos años, sin contar con una notable respresentación de grupos protestantes ingleses, alemanes, suizos y estadounidenses, quienes sotenían colonias en la Tierra Santa.
La jerarquía ortodoxa fue la primera en protestar, interpretando el envío de un Cardenal Legado del Papa para presidir el Congreso como una provocación, como una cruzada orquestada por Roma para arremeter contra las Iglesias Orientales. Sin embargo, León XIII instruyó a su Secretario de Estado, el cardenal Rampolla, para comunicar al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, que el objetivo del Congreso no prentendía rebasar las Fronteras de la piedad.
Allanado el camino, cientos de peregrinos procedentes de Marsella, Brindis y Nápoles, desembarcados en el puerto de Jaffa, se diseminaron por los Santos Lugares los días previos a la asamblea de Jerusalén. Algunos obispos, muchos presbíteros y cientos de fieles laicos gozaron de las atenciones de las autoridades turcas, instruidas por el Sultán para procurar el máximo orden y respeto a los peregrinos.
La recepción en Jerusalén del Legado Papal, prevista para el 15 de mayo, vigilia de la apertura del Congreso, fue todo un acontecimiento en el que participaron desde un pabellón preparado para el caso, el Patriarca latino monseñor Plavi y los obispos latinos y orientales católicos junto con monseñor Gregorio Juseff, Patriarca de los griegos melquitas y el obispo de los jacobitas. Recibidos los honores de su alta representacióna, el cardenal legado, montando una mula blanca, debidamente enjaezada, hasta la basílica del Santo Sepulcro, seguido por una muchedumbre incontable de peregrinos.




Apertura del congreso
El día 17, flanqueado por los representantes de las Iglesias de Oriente y Occidente, el legado pontificio abrió su discurso con estas palabras que se granjearon la voluntad del auditorio:
Si me preguntáis, como una vez los ancianos de Belén a Samuel: "¿Es de paz tu venida?", delegado como soy de aquel que la historia llamará el gran pacificador de los tiempos modernos, os responderé como Samuel: "Es de paz. He venido a ofrecer sacrificios al Señor; santificaos y venid conmigo para que ofrezca la víctima". Yo vengo a invitaros a dar gloria a Dios en el Santísimo Sacramento del Altar y deciros la paterna solicitud de León XIII por estas nobles Iglesias que conservan sobre la tierra de Oriente las santas tradiciones del pasado: ¡Gloria Deo! ¡Pax hominibus!".
El Cardenal Langenieux explicó que en su persona el sucesor de Pedro rendía homenaje al Oriente cristiano a través del sacramento de la Eucaristía: Mi misión no es de diplomacia ni de polémica, sino de llevar al Oriente una obra de piedad y de adoración al Santísimo Sacramento, dijo. No podía omitir en su discurso una clara referencia a las luchas sostenidas por los cristianos orientales para conservar la pureza del dogma, la celebración de los primeros concilios ecuménicos, todos ellos realizados en el Oriente; el patrimonio de los Santos Padres orientales, de los artífices de la historia eclesiástica y de las ciencias sagradas, sin excluir el testimonio de sangre de los mártires. Repitiendo palabras textuales del Papa, el Legado concluyó diciendo: ¡Oh! ¡Como son estimadas las Iglesias de Oriente! ¡Cuánto admiramos su antigüedad gloriosa y cuánto estaremos felices de verlas resplandecer de su primitivo esplendor!
En respuesta al anterior mensaje, el Patriarca de los griegos melquitas dijo que si bien la comunión con la Iglesia de Cristo se alcanza en el banquete de la Eucaristía, la plena unidad...sólo se puede alcanzar en unión con la Santa Sede. Además de ello, en la argumentación de su discurso demostró la uniformidad de credo entre las Iglesias de Roma y Oriente acerca de la doctrina sobre la Eucaristía, tesis ratificada durante la siguiente intervención, a cargo del Patriarca Latino de Jerusalén, monseñor Pavi.



Desarrollo del Congreso
Durante los ocho días del Congreso, se celebró la Misa en el exuberante rito oriental, utilizándose los idiomas eslavo y árabe, también la hubo siguiendo los ritos sirio, maronita, armenio y etíope. Mucho impactó la intervención del Cardenal Legado, haciendo uso del Pontifical griego.
Los discursos pronunciados durante el Congreso abundaron en la plena consonancia que hay entre la Iglesia Oriental y la romana en lo tocante al dogma del Sacramento de la Eucaristía. Monseñor Geraigiry hizo una estupenda exposición de la liturgia griega de San Basilio y de San Juan Crisóstomo, Monseñor Debs, Arzobispo de Beirut, expuso el aspecto dogmático de la liturgia caldea, siria y maronita, llegando a la conclusión de la armonía con la doctrina católica sobre la Eucaristía. Otros eclesiásticos orientales hablaron sobre el dogma de la transubstanciación y la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Después de tal sustento de doctrina, las manifestaciones de afecto y cordialidad entre orientales y occidentales hizo visible la comunión en Cristo Eucaristía.
En esa dirección, la ponencia del reverendo padre Michel, de los Misioneros de África, entonces rector del Seminario griego melquita de San Joaquín y Santa Ana en Jerusalén, demostró el gran interés del Romano Pontífice por conservar el rico legado de los ritos orientales.
El Congreso concluyó el domingo de Pentecostés, 21 de mayo. En el discurso de clausura, el Cardenal Legado sintetizó la obra del Congreso jerosolimitano, demostrando cómo se renovaba ese día la efusión del Espíritu Santo sobre su Iglesia con ocasión del Congreso, al que habían acudido representantes de todas las naciones y las lenguas, de gran variedad de ritos, naciones y costumbres, pese a lo cual reinó la más perfecta armonía y aún subordinación para el representante papal. Como en los tiempos apostólicos, sentíase la unidad de la fe, la concordia de la caridad y la perseverancia en la fracción del pan. Puedas tú, oh tierra de Oriente -dijo el Cardenal-, recuperar tu antiguo esplendor y tu fecundidad maravillosa, pero sobre todo, acepta la bendición que te doy y que en nombre de aquel Dios, que dispensa todos los bienes, me ha confiado para ti el Pontífice,...el inmortal León XIII.

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Fuentes:
CHÁVEZ Alonso, Historia de los Congresos Eucarísticos Internacionales. Boletín Informativo XLVIII Congreso Eucarístico Internacional. Guadalajara 2003. Boletín Págs.23-26.
Imágenes: web.

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